Tras más de 8 años trabajando por cuenta ajena, 6 empresas conocidas, unos cuantos proyectos a mis espaldas y una mala racha en la que no sabía “qué hacía una chica como yo en un sitio como este“, mi cuerpo y mi mente petaron y tuve que parar. Frenazo en seco, cerrada por vacaciones, hasta luego Mari Carmen. No sé si habéis pasado por algo parecido pero es frustrante sentir que te flaquean las fuerzas, que no llegas a todo y que, en lugar de despertarte queriéndote comer el mundo con huevos y baicon, te levantas triste, deseando que pasé un día más.

En fin, ¿sabéis cuándo te estás negando a ti misma algo y llega un momento en el que todo tu ser dice BASTA YA? Pues eso ocurrió. Así que en el verano de 2018 tenía un pasado a mis espaldas y un futuro muy incierto enfrente de mis narices. Y con futuro incierto quiero decir que no sabía qué coño iba a hacer con mi vida. De pronto, como un ángel caído del cielo, apareció Gracia. Con ese nombre solo podía traer cosas buenas debajo del brazo (no, pan no trajo, pero el tiempo con ella me supo a gloria). Ella es coach y fue mi conciencia, la que me recordó que cosas me hacían vibrar en lo laboral y me hizo sentir que perseguir los sueños no es cosa de locas. Nunca es tarde para nada hasta que es tarde del todo.

Gracias a las conversaciones con ella di una lavado de cara a Desafiando a Murphy, pensé lo que quería ser de mayor y me atreví a dar el paso de casarme con Hacienda y la Seguridad Social para ser fiel y respetarles mes a mes, trimestre a trimestre, hasta que un puesto en una gran multinacional nos separe.

Hablamos mucho de todo, sobre todo de cómo ser madre y a la vez conciliar con la vida laboral sin morir en el intento. Ella lo estaba haciendo, tras mucho trabajarlo había cambiado completamente su trayectoria y cogido el timón de una lancha motora que se me antojaba de lo más apetecible. Y si Gracia ahora era capitana con licencia para surcar los mares, ¿por qué no iba a poder hacerlo yo? Pensé.

Ya en serio, nunca he sido de grandes empresas, me fascinan los proyectos pequeños que tienen alma y verlos crecer poco a poco. Siempre quise trabajar por mi cuenta, desde hace años era algo que me rondaba la cabeza, pero mis pies anclados a la seguridad de una nómina eran incapaces de despegar del suelo.

Y, lo sé, no es oro todo lo que reluce y trabajar en pijama no mola tanto como parece (si no prueba a mirarte al espejo y darte susto a ti misma) pero es el camino que he elegido para esta etapa de mi vida.

Y diréis, ¿y qué ha pasado con Desafiando a Murphy? Pues pasó la vida. y como no me gusta dejar escapar trenes, me subí a la locomotora de Olga para viajar juntas a donde el viento nos llevará. Ahora colaboro en  Te Quiero Online y trabajamos con gente bonita, en proyectos bonitos.

Y a Murphy, una vez más, le ha tocado esperar sentado intentando averiguar si la tostada caerá o no del lado de la mantequilla. Pero ya vuelvo, poco a poco.

Sólo me queda peinarme y ponerme mis mejores galas.

Pssst!! No son cookies de chocolate, pero tampoco hacen daño ni provocan caries, hazme caso, ¿vale?    Más información
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